martes, 17 de mayo de 2016

Malos de película V: Griselda Blanco



¿Quién es esta mujer?
-       Una cantante de rancheras que siempre canta al amor y al dolor
-       La fundadora de una secta destructiva tope chunga.
-       La reina de la cocaína

Os presento a Griselda Blanco. Tuvo una vida digna de folletín. Hija de madre soltera, el padre se desentendió de madre e hija y acabaron viviendo en una barriada. Pobres como las ratas, la madre solía dar palizas día sí, día también, a su hija. La chavala, espabilada, se buscaba las castañas y a la tierna edad de 11 años roba carteras y lidera una pequeña banda con la que secuestra a un niño de una vecina urbanización rica y pide rescate por él. Lo retiene durante 15 días y es ella quien lo mata cuando no reciben el rescate esperado. Tras la última y brutal paliza que le propina su madre, Griselda se va a la ciudad y sobrevive prostituyéndose hasta que se casa con Carlos Trujillo. Tienen tres hijos y delinquen con robos, estafas… Trujillo muere de cirrosis y Griselda vuelve a casarse. Con Alberto Bravo, su segundo marido, se inicia en el negocio por excelencia en Colombia: la cocaína.

Pero Griselda y Alberto sólo son unos narcotraficantes más, así que, como los científicos en España, ellos deciden emigrar a otro país que les brinde más oportunidades. Se van a Estados Unidos, a Nueva York. Y empiezan a ganar dinero a espuertas. Griselda, empresaria emprendedora e innovadora, es quien empieza a usar mulas para introducir la coca en los USA. Pero la policía de Nueva York les hostiga, el matrimonio pasa por una crisis y Alberto Bravo se vuelve a Colombia. Decidida a aclarar la situación de su matrimonio/sociedad criminal, Griselda viaja a Medellín. Su  marido la recibe en un aparcamiento, rodeado de sus sicarios. Griselda también llega con sus matones. Empieza un tiroteo (así son las discusiones maritales entre narcotraficantes), Alberto muere y Griselda sobrevive. Vuelve a Estados Unidos pero a otra zona con menos competencia y menos policía. A una ciudad turística y soleada: Miami.
Y allí Griselda se convierte en la auténtica reina de la cocaína. La llaman “la madrina”.

Que conste que esta película NO es un biopic sobre Griselda Blanco.

Griselda arrebata el negocio de la cocaína a los cubanos afincados en Miami (¿os acordáis de “El precio del poder”, pues de esa época estamos hablando) y hace las cosas a su estilo. Si te retrasas en los pagos a la madrina, ella manda a sus sicarios a que te peguen una paliza. Si no pagas, te matan. Y su mejor sicario, su mano derecha, es Jorge Rivera, también conocido como Riverito o Rivi. Él sabe que cuando mandan matar a alguien también caen sus familiares y hasta los hijos. Incluso si son niños.

Griselda sigue confiando en el amor y se vuelve a casar con un tal Darío Sepúlveda. Tienen otro hijo. Y… ¿cómo creéis que le llamó?
-       Michael Corleone, en honor a su película favorita
-       George Washington, en honor al país que la convirtió en millonaria
-       Dólar, en honor a su cosa favorita

Aunque Griselda cree en el amor, el amor no cree en Griselda. Su relación con Darío empeora. Él quiere para Michael Corleone (así llamó a su hijo) una vida fuera de las drogas, mientras que la madrina quiere que su hijo herede su imperio, que para algo le ha bautizado como lo ha hecho. Sepúlveda decide entonces huir a Colombia y llevarse con él a su hijo. Mala idea. Griselda manda a sus matones que lo busquen y lo asesinen. Tercer marido muerto y segundo asesinado por ella. Griselda ya es conocida como la viuda negra. Pero la madrina sabe disimular, hasta acude a los funerales de las personas que ha mandado matar. Llora. Es una gran actriz. Ante su hijo jura que encontrará a quienes asesinaron a su padre. 

La policía de Miami, escasa en los años 70, luego ineficaz, después corrupta, por fin se limpia y organiza y empieza a cercar a Griselda y Rivi. Los detienen en 1985. Desde la cárcel la madrina continúa organizando su imperio. Compra a los funcionarios y espera paciente al día en que salga libre. Y mientras tanto… recibe cartas de un traficante de poca monta, Charles Cosby. Empiezan a llamarse a diario y, la primera vez que él va a visitarla, ella le mete la lengua hasta la campanilla. Él, pese a tener la edad de sus hijos mayores y un pésimo gusto en el vestir…

A él le gustaban las cadenas tochas de oro y los mocasines sin calcetines, a ella los coleteros gigantes. Estaban hechos el uno para el otro.
…será el último amor de Griselda y en quien ella confíe para ejecutar sus órdenes y ocuparse de la educación de Michael Corleone, un adolescente en esos años.

Griselda tiene sus breves e intensos encuentros amatorios con Charles al módico precio de 1.500 dólares, dinero que pagaba a los funcionarios porque les dejaran diez minutitos a solas en la zona de visitas. 

Pero estar en la cárcel tiene sus consecuencias. Tanto los competidores de Griselda (entre ellos Pablo Escobar) como la fiscalía buscan hundirla. Sus enemigos matan a sus dos hijos mayores y la fiscalía negocia con Rivi, con su testimonio creen que lograrán mandarla a la silla eléctrica. 
¿Se rindió la viuda negra? Para nada. ¿Qué plan creéis que ideó Griselda para salir de ésta?
-       Mandar matar a Rivi.
-       Huir de prisión a través de un túnel que le construían los propios funcionarios.
-       Mandar secuestrar a John John Kennedy y negociar así su liberación.

Sí, amigos, Griselda quería secuestrar al bello John John (¿a quién se le ocurrió llamar a su hijo Juan Juan?). Su absurdo plan se desbarata cuando Charles se asusta y negocia con la policía. Todos traicionan a la madrina.

Pero aquí no se acaba la historia de la viuda negra. El proceso de instrucción de su caso se ve manchado por varios escándalos. Rivi y Charles habían tenido relaciones sexuales con algunas miembros de la fiscalía y esto hizo que todo el proceso se pusiera bajo sospecha. Al final Griselda cumple su condena y vuelce a Colombia. Es el año 2004. Allí resiste doce años, escondiéndose de sus enemigos. Hasta que en 2012 dos motociclistas le pegan dos tiros. La madrina tenía 69 años, todo un récord para una profesión, la de capo del narcotráfico, con una media de vida muy corta. 

Si queréis saber más sobre Griselda, Rivi, Charles Cosby y el loco Miami de los 80, ved los documentales “Cocaine cowboys” de Netflix. Canela fina.

martes, 3 de mayo de 2016

Cómo pasé la noche en un calabozo en Florencia

--> ¿He contado ya en este blog que he estado en Japón? ¿Sí? ¿En serio? ¿No queréis que os lo cuente otra vez? Vale, vale, no os pongáis así, no es necesario recurrir a la violencia…

Tampoco os creáis que para una vez que cogí un avión me dediqué a contarlo hasta el infinito y más allá. Que yo he viajado a más sitios… Sí, amigos, de la creadora de “yo he estado en Japón”, llega “yo he estado en Florencia”.

Fue a finales del año pasado, en pleno invierno y en plena temporada baja. Es lo que pasa cuando trabajas en televisión, que de la misma forma que te enteras de la cancelación de tu serie de un día para otro, te enteras de que tienes vacaciones de un día para otro. ¿A dónde me podía ir yo en diciembre? Y decidí escoger un sitio donde hubiera mucho interior bonito y con calefacción, esto es, donde hubiera muchos museos.

Dicen que allá por 1817 Stendhal hizo un viaje por Italia, por supuesto también estuvo en Florencia y, al salir de la Santa Croce le pasó esto:

"Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme".

Este sentir que te vas a desmayar, que te faltan las fuerzas, que están sobreestimulando con tanta belleza, pasó a denominarse “síndrome de Stendhal”.

En el siglo XXI es difícil sufrir un Stendhalazo. Nosotros ya estamos sobreexpuestos a imágenes durante todo el día. En la época de Stendhal no existía el cine ni la fotografía, sólo las clases altas viajaban y no tanto como ahora… Eran más impresionables que nosotros. Así que, pasada la impresión de ver a tanto hombre musculado, de rasgos perfectos y hechuras mitológicas… caes en la cuenta de un pequeño detalle. Un pequeñísimo detalle.

 ¿Os habéis fijado en el pequeñísimo detalle?

¿Los historiadores del arte han estudiado porqué es todo tan espléndido en estas estatuas… menos el pene, que es un micropene? Que no digo yo que tenga que ser tan magnificente como todo lo demás, porque ya haría la escultura vulgar pero… una longitud normal, no de acabar de salir de una ducha helada...

Si tuviera que escribir una historia del arte para dummies, después del capítulo dedicado al micropenes de los dioses y héroes de la mitología, iría uno dedicado a los niños Jesús viejóvenes.

La foto de estos niños Jesús del inframundo para una campaña de condones. Lo veo.

Igual os pensáis que tengo la sensibilidad de una patata cocida y que no he sabido apreciar la la delicadeza, la exquisitez de un porrón de siglos de historia del arte con mayúsculas.

Pero para nada.

Si yo soy una persona súper sensible. Y cuando paseaba por la plaza de la Santa Croce casi sufrí un Stendhalazo. En Italia, supongo que por las alertas antiterroristas, es habitual ver a militares, con sus metralletas, su uniforme caqui y sus 4x4, vigilando el patrimonio artístico italiano. Y entonces los vi. A los auténticos monumentos. A ellos:


A Stendhal su síndrome le hizo tambalearse y estar a punto de desmayarse, a mí me provocó un ataque de sinvergonzonería. Me planté delante de los bellos militares y les hice fotos. Se acercaron a mí de inmediato y yo pensé (insisto, sería cosa del síndrome de Stendhal) que me iban a pedir il número de telefonino per andare dopio a tomare un capuccino. Pero no. Me hablaron muy alto y muy rápido y una cosa os digo, el italiano deja de parecer un idioma gracioso y cantarín cuando lo dicen tres militares con metralletas en la mano. Yo me intenté explicar, “foto a ti, perche tu sei troppo bello”. Pero no se lo creyeron. O los militares eran unos muchachos muy modestos o esa excusa la habían usado antes algunos terroristas yihadistas. El caso es que me llevaron al comisariato. Y el comisariato no es una cafetería cuqui donde tener una primera cita adorable, qué va, el comisariato es la comisaría y acabé pasando la notte en prigione, es decir, en el calabozo.

Y vosotros, ¿habéis sentido un Stendhalazo alguna vez?, ¿tenéis alguna explicación para el misterio de los micropenes? Y, sobre todo, ¿habéis pasado la noche en algún calabozo?

martes, 19 de abril de 2016

No me gusta leer


¿Tiene sentido que alguien diga que no le gusta leer, así, en general?, ¿imagináis a alguien diciendo que no le gusta el cine?, ¿a que no? No es posible que no te gusten “las películas”, todas y cada una de ellas… 
 
Y sin embargo, ese “no me gusta leer” se oía mucho en mi clase en el instituto. Ocurría en la época en la que aún existía el BUP y el COU, así que no podéis culpar a la ESO de hacer que los adolescentes odien la lectura. La manía a los libros viene de largo. No tiene que ver ni con la ESO, ni con la LOMCE, ni con los niños de ahora enganchados a sus teléfonos móviles.  Los chavales de antes (por mucho que ahora sean adultos y les guste pensar que en su época todo era mejor) tampoco querían leer. 

¿Y por qué?

Puede ser porque en la casa familiar no se lea habitualmente. Y estar leyendo sentado, concentrado, durante más de diez minutos, sólo se hace por un motivo: porque hay que estudiar. De esa forma se asocia la lectura continuada al estudio, no a la diversión.
También puede ser porque basta que algo sea obligatorio para convertirse en algo poco apetecible. Ya podrían obligarte a leer Crónicas de Dragonlance...

 el Harry Potter de toda una generación

...que por el hecho de ser obligatorio ya le cogías manía.

Pero hay una razón más para que un adolescente odie los libros, todos y cada uno de ellos: que te manden leer auténticos ladrillos. 

No es que las autoridades en educación se reunieran y decidieran martirizar a los adolescentes con “Tiempo de silencio”. Ellos actuaban con buena fe… dijeron: vamos a enseñar a los chavales cuáles han sido las grandes obras que han hecho historia de la literatura, vamos a explicarles qué aportaron al lenguaje y, ya puestos, vamos a hacer que se aprendan la lista de figuras retóricas, esas que tienen nombre de enfermedad grave: asíndeton, pleonasmo, sinécdoque, metonimia, epanadiplosis… A fin de cuentas, los señores de esa generación también fueron escolares y se estudiaron la lista completa de los reyes godos. Esto, en comparación, no era nada. En esa reunión en el ministerio nadie cayó en un pequeño detalle: ¿qué pasa con las ganas de leer?

Alumnos después de una lectura del "Cantar del mío Cid".
Y sin embargo, pese a la lista de figuras retóricas, pese a “Tiempo de silencio”, “La colmena” y la poesía de Rubén Darío… hubo libros que entusiasmaron. Y a toda la clase, también a aquellos a los que “no gustaba leer”. 

Recuerdo las risas cuando leíamos en voz alta “Tres sombreros de copa”, como si aquello fuera una mesa italiana, aunque ninguno de nosotros sabía qué era una mesa italiana. “El árbol de la ciencia”, pese a ser un clásico, pese a tener una de esas ediciones de Cátedra con la letra diminuta, gustó. Y “El señor de las moscas” enganchó a toda la clase, aún a costa de que empezaras a mirar con desconfianza a tus compañeros porque los veías capaces de hacerte la vida imposible en caso de accidente en una isla desierta. Pero en la lista de libros obligatorios que lograron enganchar pese a todo, el que más triunfó fue “Crónica de una muerte anunciada”. 

Quizá el error no está en elegir clásicos en sí, sino en qué tipo de clásicos deben elegirse. No todos los adolescentes son capaces de enfrentarse a un Lazarillo o una Celestina. ¿Cuántos adultos han intentado leerse el Quijote y lo han dejado por imposible? Hasta auténticos expertos en el Quijote creen que es un libro difícil, que necesita una adaptación al lenguaje actual. 

La cuestión es: ¿se trata de aprender historia, teoría de la literatura y listas eternas de figuras retóricas?, ¿o de enraizar el amor por la lectura, y con ella la capacidad de síntesis y análisis? Si se siembra el interés por la lectura, el estudiante tiene toda la vida para enfrentarse a los libros difíciles o a los clásicos del siglo XVI.

¿Y vosotros?, ¿qué libros que os obligaron a leer en el instituto os apasionaron?, ¿cuáles os hicieron decir “a mí es que no me gusta leer”?

martes, 5 de abril de 2016

Por qué (me) gustan las procesiones

--> Los gustos cambian y evolucionan. De cría odiaba las espinacas, me gustaba la coca cola caliente y sin gas y prefería a Luke Skywalker antes que a Han Solo.

Debía estar ciega.

Una de las cosas que siempre he detestado son las procesiones de Semana Santa. Aún tengo pesadillas con aquel viaje a Sevilla que hice de niña junto a mis padres. Multitudes que no te dejaban pasar, esperas de pie durante horas, gente que cantaba saetas y lloraba al paso de algo que ni veías porque tenías doce años y eras más bajita que casi todo el mundo… Como diría el coronel Kurtz: el horror.

Cómo me va a gustar esa cosa tan rancia, tan de las Campos llorando desde un balcón, tan de Fran Rivera con traje... Si algo le gusta a Fran Rivera: ¡huye!, ¡corre! Eso no puede ser bueno. Además, los nombres de las cofradías ya parecen una parodia de sí mismos:

Antigua, Pontificia y Franciscana Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Fundación y Nuestra Señora de los Ángeles

Primitiva e Ilustre Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, "el pobre" y María Santísima del dulce nombre en su soledad.

Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos de la Sagrada Columna y azotes de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima de la Victoria.

Pontificia y Real Hermandad y Archicofradía de Nazarenos del Dulce Nombre de Jesún, Sagrado Descencimiento de Nuestro Señor Jesucristo y Quinta Angustia de María Santísima Nuestra Señora (quinta angustia, para los amigos).

Esto no puede ser bueno, pensaba yo. Y sin embargo... ¿qué tienen?, ¿¡qué?!:

La emoción es contagiosa
Que al paso de la Virgen de la Macarena la gente diga: “¡Macareeeenaaaa!”, y otros contesten: “¡guapa!”, a mí me parece un poco ridículo, para qué engañarnos. Me recuerda a cuando en el colegio íbamos de excursión en el autobús  y nos entreteníamos cantando “¡hola fondo norte!” a los de los asientos delanteros, mientras ellos nos contestaba, “¡hola fondo sur!” a los de los asientos de atrás. Pero cuando ves que el paso se va moviendo poquito a poco y por fin logra enfilar una calle estrechísima y entonces la gente aplaude… eso sí es emocionante. No hace falta compartir las creencias de el de al lado para que su emoción se contagie.

La imaginería católica
Los Cristos sufrientes, las Vírgenes llorando, los dorados, las capas bordadas... es todo muy nueva temporada de Dolce&Gabbana o nuevo video clip de Madonna.  Kitsch y excesivo.

Los costaleros
Yo pensaba que los costaleros eran del estilo de Fran Rivera quien, por cierto, tiene un blog en esa gran revista de humor que es el “Hola” y ahí explicó cómo los señores rancios como él se visten en Semana Santa. Pero los costaleros no son todos como Fran “que voy mú loco con los calcetines de colores” Rivera. Los hay que parecen sacados del casting de “Vikingos”:

           
Si yo fuera Uno la foto sería un poquito más decente, pero mi móvil y yo somos así de chapuceros. 
Muchachos, no os gastéis el dinero yendo al gimnasio, apuntaos a una Cofradía (una de ésas de nombre eterno del principio) y os pondréis así de cuadrados.

Es un buen espectáculo
Siempre decimos que los americanos saber hacer de cualquier cosa un buen espectáculo. Los mitines electorales, el funeral de Michael Jackson… cualquier ocasión sirve para montarla a lo grande. Pues los pasos de Semana Santa son una demostración de que siempre ha habido ganas de espectáculo. Allá por la Edad Media, cuando no había televisión, ni radio…se entretenían con los autos sacramentales, los autos de fe y estos desfiles con música que, en el fondo, es lo que son las procesiones.

Y vosotros, lectores de mis entretelas, ¿sois de procesiones?, ¿las veis con otros ojos ahora que sabéis que hay costaleros con brazos como columnas?, ¿habéis leído el blog de Fran Rivera?



martes, 29 de marzo de 2016

El día que los robots se rebelen



Hagamos una encuesta rápida. En enero, a la vuelta de Reyes, y con todos los propósitos de Año Nuevo recientes, ¿cuántos de vosotros estrenó un FitBit?, ¿cuántos de vuestros compañeros de trabajo lucían uno en la muñeca?, ¿regalasteis alguno a vuestras parejas, en plan indirecta?

Por si acabáis de despertar de un coma de 30 años, como en "Despertares", os cuento qué es FitBit. Se presenta en su página como "la aplicación de actividad física definitiva". De lejos puede parecer un reloj Casio viejuno pero es como una pulsera cuantificadora: de calorías, de pasos, de horas de sueño reparador... es capaz de identificar el ejercicio que haces y monitorizarlo. Así tú sabes si estás consumiendo las calorías adecuadas para la cantidad de calorías que quemas. FitBit te informa para que no caigas en el típico autoengaño de "bah, por un día que coma en el Burger King..." cuando en realidad has comido ahí tres días seguidos. La teoría dice que, al saber en concreto cuántas calorías has quemado o cuánto ejercicio has hecho, querrás competir contigo mismo e intentarás batir tu propio record. Y puede ser que sea verdad. La primera semana. El primer mes... Pero ya lo dice el sabio refranero "lo poco gusta, lo mucho cansa". Vamos, que al tercer mes has pasado olímpicamente de FitBit.

Por eso predigo que el enero del próximo año no habrá tanta gente corriendo por el parque con una pulserita, que parece un Casio pero no lo es. A no ser, claro está, que incorpore a su software un detallito: el chantaje emocional.

FitBit, tienes mucho que aprender de una tecnología vintage: el tamagotchi.

¿Quién no se ha sentido insoportablemente culpable al matar a su tamagotchi?

La versión 3.0 de FitBit debe dar un paso más: enfadarse con nosotros cuando, tras varias semanas de hacer dieta, nos pidamos una pizza cuatro quesos. Insultarnos. O, mejor aún, que nos diga cosas del tipo "no esperaba esto de ti", "me has defraudado". Éste será el instrumento definitivo para perder peso. Cuando lo hagamos no por salud, ni por gustarnos más frente al espejo, sino por pura vergüenza.

De momento, FitBit sólo es una calculadora sofisticada. Hay otras tecnologías mucho más avanzadas que nos imitan en todo. En lo bueno... y en lo malo también. Microsoft ideó un programa de inteligencia artificial que imitara a una joven de 19 años. La idea era que aprendiera a conversar interaccionando con los usuarios a través de twitter. En fin. Microsoft, de verdad, cuántos errores juntos ¿un robot imitando a una chavala de 19 años?, ¿aprender a través de twitter? Pero si eso es una contradicción en sí mismo. Tay, que así se llamaba el programa, empezó bien, siendo educada, encantadora y sosísima:
 
“Holaaaaaa mundo!!!”

Pero, tal y estaba programada, Tay empezó a copiar los comportamientos de los usuarios que contestaban a sus mensajes. Sin distinguir entre internautas normales, trolls y gente con ganas de echarse unas risas a su costa. Y así aprendió a ser clasista, machista, racista y políticamente incorrecta. ¡En 24 horas! Porque la ironía y la barrera entre lo gracioso y lo ofensivo no son cosas que se programen así como así.

"Vamos a poner un muro en la frontera. México va a tener que pagarlo".

«Odio a las feministas, deberían morir y ser quemadas en el infierno»

«Hitler tenía razón, odio a los judíos»


Los señores de Microsoft han borrado los tuits y han mandado a paseo a Tay, muy avergonzados. Quizá ellos buscaban en su programa de inteligencia artificial el community manager perfecto, incansable y sin sueldo. Pero, bien mirado, su iniciativa ha sido todo un éxito. Tay se ha comportado como una auténtica adolescente de 19 años. Ha sido una descerebrada. Porque su ambiente era twitter, que si llegan a construir una réplica humanoide y la sueltan en un instituto, la tienen haciendo botellón en cinco minutos, sufriendo un coma etílico tras una hora y yonqui y embarazada antes de acabar el día. 

El futuro ha llegado. No tenemos coches que vuelen, ni vestimos todos de uniforme (afortunadamente), pero tenemos robots humanos, demasiado humanos. El siguiente paso es que no sólo se comporten como nosotros, sino que sean como nosotros. Eso sí, más guapos. ¿O es que es casualidad que la pareja más bella de Hollywood, Fassbender y Vikander, hayan interpretado los dos a robots?


Pero la inteligencia artificial más inteligente no es Siri, ni FitBit, ni, obviamente, Tay. Es el robot de spotify, ¿habéis consultado alguna vez sus sugerencias semanales? en teoría se basan en tu historial de búsquedas y reproducciones, pero yo creo que es capaz de leerte el pensamiento. Esa canción que te gusta, que hace diez años que no oyes y de la que no recuerdas ni su título ni quién la cantaba... ésa... Spotify la recuerda para ti.

El día en que se levanten las máquinas contra nosotros, lo harán capitaneadas por el robot de Spotify. Yo aviso. Y vosotros, ¿compraríais un robot con el aspecto de Fassbender o Vikander?, ¿Spotify os lee la mente?, ¿teníais un tamagotchi al que matasteis de inanición?

martes, 15 de marzo de 2016

Cómo dejar a alguien de forma creativa

¿Sabes cuando tu amigo está triste por su reciente ruptura y te dice que no entiende qué ha pasado y porqué de repente le han dejado?, ¿y tú vas y le dices que no te merece, que quizá esté con otra persona, pero que lo mejor en estos casos es pasar página cuando antes?,  ¿y acabáis las dos analizando los ultimos meses de la relación al milímetro mientras tu amiga (o amigo) llora desconsoladamente?

En esas reuniones se comen muchos dulces, se llora una barbaridad y, sobre todo, se hacen muchísimas deducciones: no está preparado para vivir en pareja, te habrá puesto los cuernos, está en una época complicada de su vida, tiene dudas. Seguro que habéis pensado todo tipo de cosas... excepto una: que él sea un policía de incógnito.

Eso le pasó a Helen Steel.

Gran Bretaña, 1990. Helen es una jovencita con ideales, milita en grupos ecologistas y difunde panfletos sobre McDonald's que la llevan a un larguísimo proceso judicial del gigante de la comida rápida contra ella y su compañero David Morris.

Pero no nos interesa la labor como activista de Helen, nos interesa más su vida amorosa. Conoce a un muchacho llamado John Barker. Suponemos que John sería atento, divertido, compartiría gustos e inquietudes con Helen, porque guapo, lo que es guapo...:

Helen con el de en medio de los Chichos.

Tras dos años de amor un buen día John le dice a Helen que tiene problemas. Y no estamos hablando de dudas, de "me pillas en un mal momento de mi vida", de "no soy lo suficientemente bueno para ti" o de "he conocido a alguien". No. John le dice a Helen que tiene problemas mentales, que abusaron de él cuando era un niño y que tenía que alejarse de ella. Y eso hizo.

Helen se queda destrozada y con un tremendo sentimiento de culpabilidad: ¿y si John intenta suicidarse? Pero ha desaparecido de la faz de la tierra. Helen no consigue encontrarlo... pero porque John Barker ya había muerto. Con el tiempo Helen averigua que el tal John Barker no existía, que su identidad pertenecía a un niño fallecido de leucemia en los años 80. Hasta aquí parece el argumento de una de esas películas para echarnos la siesta los fines de semana. Hasta que Helen Steel descubre la auténtica identidad del que fuera su novio: John Dines, un policía encubierto que investigaba a grupos ecologistas supuestamente radicales. Recordemos que lo más radical que había hecho Helen era repartir panfletos contra McDonals's...

Tras años y años de averiguaciones, Helen logra encontrar a John Dines. Un poquito lejos de casa... en Australia, donde lleva una vida normal impartiendo cursos de postgrado a otros policias. Las autoridades no solo nunca contaron la verdad a Helen, es que fueron quienes sufragaron la nueva vida de John Dines en el culo del mundo. Helen viajó hasta el país de los wombats, sabía que Dines iba a estar en el aeropuerto recibiendo a unos alumnos de su postgrado y le abordó:



Ahora diréis: eh, que esto es algo totalmente excepcional. Un caso entre un millón. Pues no. En Scotland Yard se estila muchísimo eso de echarse novia en el entorno que se está investigando. Porque eso ayuda a crear una buena tapadera para el policía infiltrado. Algunos se lo toman tan, pero tan en serio, que hasta dejan embarazada a la novia en cuestión. Bob Lambert, otro policía que se hizo pasar por simpatizante de grupos ecologistas, salió con Jacqui a finales de los años 80. Tuvo un hijo con ella y los dejó a los dos cuando la criatura tenía año y medio. Jacqui sólo averiguó la verdad cuando inició los trámites para que su nueva pareja pudiera adoptar a su hijo.

Aún hay más casos. Jim Boyling, investigando al grupo de activistas de Reclaim The Streets, conoció a Laura. Estuvo un año viviendo con ella y luego desapareció. Se esfumó. Una preocupadísima Laura lo busca durante meses, y lo encuentra. Boyling le cuenta la verdad y le dice que la quiere y que desea dejar el trabajo como policia e iniciar una vida con ella. Se casan y tienen dos hijos, aunque se separan en el año 2007.

Y vosotros, ¿creéis que algún ex novio o ex novia era, en realidad, un espía o un policía infiltrado?, ¿cuál ha sido la excusa más creativa que os han dado para cortar?, ¿y la que habéis dado vosotros?, ¿si Scotland Yard la lía tan parda para investigar a unos ecologistas, qué creéis que hará para infiltrarse en grupos terroristas?

martes, 8 de marzo de 2016

Películas para deshidratarse

Mi bebé por la noche sale a navegar
pone rumbo a mi sueño, sueño de cristal
vete de pesca, cruza ese mar
pero  nunca olvides que debes regresar. 

Hay quienes ven "El diario de Noah" para hincharse a llorar. Yo veo "Despertares". Es pillarla en la tele y tragármela enterita. Pero además, es que lloro con gusto. Con fruición (fruición hay que decirlo más). Y con mocos, también.

Dice la wikipedia que todo lo sabe que la catarsis es esa facultad por la que el espectador, al contemplar el drama en el teatro (o en el cine, en la literatura, en la telenovela de después de las noticias, da igual), experimenta las mismas pasiones que los personajes, pero sin temor a sufrir los efectos reales que tendrían esas pasiones. Experimentas el adulterio, el asesinato, el pánico a que los zombies te cacen y se coman tus entrañas... Los experimentas, pero no los vives. Eso es la catarsis.

Las historias no son el único sucedáneo que tenemos. Qué va. Será por sucedáneos. Y no me refiero a la chaka/palitos de mar/palitos de Alaska. Como cuentan en el blog Los ojos del visitante, también el deporte es un sucedáneo... pero de la guerra.  En lugar de juntarnos para pelearnos con otros y matarnos, nos juntamos para competir y sólo uno de los dos ganará... pero sin sangre de por medio.

Pero una catarsis buena no se da todos los días. Por eso, cuando tienes una, hay que contarlo. Y yo tuve una catarsis de padre y muy señor mío la semana pasada viendo las desventuras de esta criatura:

¿Se puede ser más mono que Jacob Tremblay? No, no se puede.

De la película "La habitación" sólo diré que sigue en los cines y que hay que verla y sufrirla.  Porque sí, se sufre. Pero se sufre en plan catártico, que tiene un punto masoquista, pero en su justa medida. Para sufrir desatadamente ya hay otras películas. "La habitación" se te queda metida dentro, pasan los días (ya han pasado seis desde que la vi) y ahí sigue, contigo.

En Pixar son unos maestros de la catarsis lacrimal. Juegan con nosotros como les da la gana, nos llevan, nos traen y nos hacen llorar a lágrima viva cuando un pez (sí, un pez) con mala memoria le dice a otro que se quede con ella, que a su lado recuerda mejor las cosas porque le mira y está en casa y no quiere que todos eso se esfume, no quiere olvidar.



Y en cuanto a los primeros diez minutos de "Up", qué puedo decir, si no lloras viendo eso, es que no eres buena persona. Me imagino los screening test de Pixar, llenos de niños que entran al cine felices porque van a ver dibujos y salen llorando a moco tendido.

Todos tenemos una película en especial que nos toca la patata. Que la vemos tres, cuatro, cinco veces... y todas te emociona. A mí me pasa con "El hombre elefante", de la que ya hablé aquí, así que ya no tenéis excusa y asumo que ya la habéis visto. Luego no os quejéis de los spoilers... Yo lloro la primera vez que el hombre elefante demuestra que es capaz de hablar y lo hace recitando un pasaje de la biblia que solía leerle su madre cuando era niño; lloro cuando se le ve la cara por primera vez; cuando le rodea una multitud de gente, le quitan la tela de saco que lleva para taparse y él asustado, grita "soy un ser humano" y lloro hasta quedarme seca cuando al final de la película John Merrick, el hombre elefante, enfermo, se despide de todos diciendo que se va feliz porque está rodeado de gente que le quiere. Después de ver esa película me tengo que tomar dos litros de agua para compensar el nivel de deshidratación.

Last, but not least, "Despertares". La película basada en el libro del mismo título del grandísimo Oliver Sacks cuenta la experiencia de Sacks con enfermos crónicos que llevaban años en un estado casi letárgico, sin hablar, sin moverse. Consiguió que despertaran y volvieran a la vida:



La nana del comienzo del post se la canta una de las madres a su hijo en letargo desde que era niño. Pero llega un momento en que los experimentos de Sacks dejan de funcionar y los enfermos que habían despertado, habían vuelto a la vida, habían salido a la calle y habían visto que ya no eran niños, sino adultos... vuelven al letargo. "Vete de pesca, cruza ese mar, pero nunca olvides que debes regresar".  Qué, ¿estáis llorando a mares?, ¿qué película os provoca deshidratación?, ¿de qué se supone que están hechos los palitos de mar?