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martes, 9 de abril de 2013

Guía del viajero a los Picos de Europa


Como todo españolito medio, yo también me he ido de viaje en Semana Santa. Y a mí también me ha llovido y también me ha pillado un atasco monumental volviendo a Madrid. Y es que, si no pasan todas estas cosas en una escapada de Semana Santa, será una señal inminente del Apocalipsis y del fin de la cultura occidental tal y como la hemos conocido hasta ahora.

Mi periplo comienza en León, donde además de comer cecina (como está mandado) y una torrija hecha de cemento armado que me acompañó durante todo el viaje...

Será rubio, tendrá los ojos azules, la piel sana, y será una torrija.

...descubrí que en León viven las procesiones de Semana Santa a tope. Todas la tiendas, todas: de ropa, de complementos, ¡¡¡farmacias!!! se decoran con cirios, carteles con imágenes de los pasos, estampitas... y en los bares suenan marchas procesionales mientras la gente se pide una ración de cecina, 4 cañas y dos vinos tintos.

Pero lo más curioso de la Semana Santa leonesa es Genarín. La noche de Jueves Santo se organiza esta procesión pagana y un punto surrealista. Y es que Genarín no era un santo, precisamente, sino un borrachín, jugador y muy putero, que murió atropellado, mientras intentaba hacer pis, por el primer camión de basura de la ciudad de León en 1929. Hoy se le recuerda gracias a una cofradía que lleva su nombre y que todos los años organiza una especie de procesión fringe, con pregón satírico y muchos brindis de orujo.

Pero no todo en el viaje iba a ser cachondeo, ojo. Que también he visto un huevo de iglesias. La más impresionante, San Isidoro de León, en cuyo panteón están las pinturas mejor conservadas del románico. Los que hayáis cursado arte en COU las recordaréis. Y si las veis en persona ya nunca las olvidaréis. En la entrada a la basílica están la puerta del Cordero y la puerta del Perdón, donde este simpático bicho te saluda sacando la lengua:

El viaje continuó rumbo Asturias. Podría hablar ahora del paisaje de Cangas de Onís y alrededores, de la espectacularidad de Covadonga y bla, bla, bla. Pero todo eso lo podéis encontrar en la wikipedia, en la lonely planet o en la oficina de turismo de Asturias. Lo que no encontraréis es la pasión que hay en los pueblos asturianos por las discotecas de extrarradio. Si alguna vez os habíais preguntado qué era eso de los bolos, aquí tenéis la respuesta.

En la discoteca Habana de Cangas sí que saben pasárselo bien.

La siguiente parada fue Potes, ya en Cantabria. Potes es un pueblo tranquilo, agradable, con casitas de piedra, pequeñito, de los que te pones a pasear y llegas rápido al final del pueblo. Muy cerca está Fuente Dé, a donde se accede en funicular, y que en esta época del año está completamente nevado. Allí dejé esta escultura, una reflexión sobre la fragilidad del ser humano y una crítica a la deshumanización de nuestra sociedad que he titulado “composición número 43”:

Pero más allá de la espectacularidad de Fuente Dé (si esto fuera una guía de viajes al uso diría “cinco estrellas, merece la pena desviarse”) Potes también ofrece otras cosas. Como, por ejemplo, las camisetas más feas que he visto en toda mi vida. O las tiendas de ropa más vintage (vintage de verdad, rollo años 90, no vintage rollo baúl de la abuela que viajaba a París y tiene un Chanel). O un grave problema con el inglés. Mi teoría es que el profesor de lengua extranjera del instituto de Secundaria de Potes se sacó el título copiando a su compañero de pupitre y es el culpable de toda una generación un poco pez con el idioma de Shakespeare y las Spice Girls. Por eso encuentras menús donde se lee “sandwish” o carteles donde se ofrecían clases de aerobic y "steep".

Pero ojo, que no sólo me he dedicado a hacer fotos ridículas y a comer alubias con jabalí durante el viaje. Que también he andado por el campo, entre piedras, cuevas y desfiladeros. Todo muy Indiana Jones, si Indiana Jones en vez de sombrero y látigo llevara ropa del Decathlon. Porque, amigos, los Picos de Europa están llenos de gente que ha arrasado en el Decathlon. Todos con sus forros polares, sus chubasqueros marca North Face, y sus botas de montaña. Qué difícil es tener un poco de glamour allá por el monte. Desde aquí invito a Mango y a Inditex a que saquen una línea “mountain glam”. Será un hit. 
 Aquí mi amiga Rosita, la cabrita, que salió al paso en medio de la garganta del Cares no sea que algún excursionista quiera darle un trozo de torrija.

Mi mayor caminata fue por la gargante del Cares y, (esto sí que es un consejo práctico) lo mejor es comenzarla al revés, por Caín. Es verdad que acceder en coche al pueblo de Caín es complicado, con tramos estrechísimos, llenos de curvas. Pero también es verdad que es una carretera preciosa, llena de pueblitos de piedra, nieve y vacas que te salen al paso. Otro consejo práctico: ni se os ocurra hacer esa ruta cuando llueve.

Y vosotros, ¿cómo pasasteis la Semana Santa?, ¿habéis ido a alguna procesión pagana?, ¿habéis comido torrijas hasta aborrecerlas?, ¿os habéis hecho amigos de alguna cabra?

Ah, y el día 15 (lunes) en el café bar Angelika de la Cava Baja de Madrid, se proyecta "Lo último que hago para el Notodo". Hay voto del público... como decía Rosa María Sardá en aquel mítico programa "ahí te quiero ver".

viernes, 9 de diciembre de 2011

Buenas noches Panamá

Años 90. Clase de inglés. Adolfo, profesor al que siempre recordaré porque se rascaba la entrepierna rozándola contra la esquina de un pupitre, dando así una tensión insoportable a toda la hora de la clase de inglés que pasabas recitando el mantra "en mi pupitre no, por favor, en mi pupitre no". Adolfo, ese hombre, harto de que sus alumnos le llamaran Alfonso o hasta Ataúlfo, un día se levantó como Michael Douglas en "Un día de furia":

Y nos soltó que no nos quejáramos tanto por el examen sorpresa de vocabulario, si total, anda que no nos quedaban examenes por hacer en la vida. Los enumeró todos: los exámanes de las evaluaciones, los finales, las recuperaciones, los de septiembre, la Selectividad, el del carnet de conducir, los de la Universidad, los de oposiciones... Consiguió lo que quería: callarnos y amargarnos el resto del día.

Por cosas como esta yo siempre he sido una ferviente defensora de que el profesor es el enemigo. Es más, cuanto más enrollado dice ser el profesor, más hay que sospechar. Creedme, los que van de colegas son luego los que te suspenden con un 4,9.

Pero el tiempo pasa, un buen día te sorprendes encontrando guapo a un chico que no es chico, sino hombre y padre de familia y ahí está tu madurez llamando a la puerta. Porque, amigos, ¿qué pasa cuando se dan la vuelta a las tornas y eres tú la profesora?, ¿qué tipo de profesora serás? ¿La clásica de matemáticas chunga que amenaza con hacer controles sorpresa y quitar medio punto al que hable?, ¿el profe funcionario que lee el libro de texto en voz alta hasta que suena el timbre, momento en el que cierra el libro, aunque se haya quedado a mitad de frase? O, dado que voy a dar clase de guión, ¿un profesor con pasado intenso y alcohólico, que provoque en los alumnos admiración y acojone a partes iguales?

En todo eso pensaba yo antes de comenzar mis tres intensas semanas dando clases de guión a tres grupos distintos (uno por semana) durante seis horas cada día. Seis horas. Seis. Como dicen en los carteles taurinos. Seis toros. Seis. Pues igual.

Aunque el primer día y debido a un correo con un error, otra profesora y yo dimos por acabada la clase una hora antes. Estábamos esperando al otro profesor, pensando en que se estaba alargando mucho, cuando la gente de administración vino a decirnos que las clases acababan a las tres, no a las dos. Pero ése no fue el único lapsus que tuve durante esas tres semanas. Tres. Qué va.

Ese mismo día, y probablemente debido a que toda mi circulación sanguínea estaba ocupada haciendo la digestión de mi primera fabada, chispas, me dejé el portátil en el restaurante. A los cinco minutos volví, y ahí estaba.

Otro día me sorprendí a mí misma a punto de sentarme sobre la mesa con las piernas cruzadas y no lo hice. Otro resbalé con un charco (por Asturias hay mucho de eso) y a punto estuve de caerme justo cuando el coche de dos alumnos entraba en el parking.


Unos días más tarde entré en un proceso de dar clase como quien estaba en el salón de su casa y ahí estaba yo, hablando de estructura, sentada en posición “toro sentado” con las piernas cruzadas sobre la mesa.

Los alumnos, que también iban cogiendo confianza, a 15 minutos del final de clase, muertos de hambre y agotamiento, y como si aquello fuera “La gramola” pidieron que les pusiera este video: el plátano bolígrafo.

Y yo les hice caso.

En otra ocasión, poniendo un video sacado de Internet oí de fondo la voz de un alumno: “el sonido, que no lo has conectado” y lo triste es que era el tercer video que ponía ese día. Ese mismo alumno comentó, en el momento cañas del último día, que no es que él supiera mucho de técnica, sino que yo era tan torpe que en comparación él parecía Steve Jobs.

Y es que en ese último día, como premio y porque se lo había prometido la otra profesora la semana anterior, también proyecté este clip, un clásico de la red utilísimo para explicar cómo funciona un gag. Aquí, la señorita Panamá:


Y ya puestos, y dominando el arte de la proyección, les puse éste también, utilísimo para entender el subtexto, porque aunque la miss esté contestando a la pregunta: ¿es el hombre el complemento ideal de la mujer?, en realidad la escena va de una pobre señorita Antioquía, aspirante a Miss Colombia, que se ha metido ella sola en un berenjenal del que no sabe cómo salir:


De esta sucesión de chorradas se deduce que no soy una profesora enrollada, ni una tipo funcionario, ni desde luego una de las que mete miedo. Pertenezco al tipo de profesora entrañablemente torpe. Los alumnos no me recordarán con una sonrisa y seguro que con un mote.

Y vosotros, ¿habéis dado clase alguna vez?, ¿qué tipo de profesor sois?, ¿creéis como la señorita Antioquía que el hombre es el complemento de la mujer y la mujer del hombre, hombre con hombre, mujer con mujer, del mismo modo y de manera contraria?

Aprovecho para recordar que se ha retrasado la proyección de "Mañana", será en el café Angelika de Madrid, a las 21.oo horas, pero el día 12.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Y usted, ¿cómo se hizo obesa?

Algún día los ejecutivos de Antena 3 se darán cuenta de que el diario de Patricia debe volver.

Entonces emitirán de nuevo sus clásicos como el de “mamá, nunca te he contado que soy gay y me gusta disfrazarme y voy a bailar disfrazado de Shakira frente a toda España para que te enteres”. O el de “en lugar de quedar en el Starbucks más cercano con mi cibernovio la primera vez que quedamos, decido quedar en la tele para decirle que no soy una mujer del todo, aunque me siento como una”, o el de “ siempre he sabido que soy adoptada pero he esperado 43 años para buscar a mi familia biológica porque contratar a un detective es caro y mejor que me lo pague la tele”… En uno que dediquen a gordos de solemnidad a los que sus familias/parejas/amistades obligan a hacer dieta o les dejan, en uno de esos, estaré yo. Por gorda.

Entonces tendré que contar mi triste historia: cómo pasé de ser una tipa normal de esas que se dicen a sí mismas que mañana mismo, mañana sin falta, ceno sólo ensalada y así pierdo ese par de kilillos con los que la ropa del H&M me quedará mucho mejor, a una gordaquetecagas. La culpa no es mía, público del diario. No. La culpa es de otro. De otros. De mucha gente. De toda una comunidad autónoma, ni más ni menos. De Asturias.


El complot de la comunidad astur para volverme una gorda empezó ya en el viaje a Oviedo. Cinco horas ahí sentada. Se hace largo y más si te ponen sólo una película y esa película resulta ser, otra vez (ya me la pusieron la última vez que fui a Tudela), “Burlesque”. Una película que cuenta con logros como que Christina Aguilera, gracias al maquillaje y las pelucas parezca más de plástico que Cher o atreverse a hacer una versión del “beautiful people” de Marilyn Manson.


Además, ya acabada, el deuvede tiene una opción en la que repite varias veces todos, repito, TODOS, los números musicales en un bucle infernal. Ahí ya llevábamos unas 3 horas de viaje, nos habían ofrecido el periódico, la cena, toallitas húmedas, más pan, café, más agua, y hasta una copa o licor. A todo dije sí menos a la copa, pero claro, a la tercera vez que oyes los gorgoritos de Cristina Aguilera y ves su estilo de baile, en el que confunde danza con contoneo poniendo cara de tía sexy ya no puedes más. Te giras y le dices a la azafata: ¿un ron con coca cola puede ser? Y te dice que sí, claro. Por algo estoy viajando en preferente.


La prueba del delito.


Pero eso era sólo el principio del fin de mi tipín.


Ya en Oviedo, a la mañana siguiente me levanto y ahí estaba, lo mejor de los hoteles. Mejor que tener piscina, mejor que poder llevarse los botecitos del champú gratis, incluso mejor que ese gustito que da dejar las toallas tiradas por el suelo aunque sólo las hayas usado una vez. Mejor que todo esto, sí... ¡el buffet! Dicen que la felicidad está en las pequeñas cosas: una pequeña fortuna, un pequeño yate, una pequeña mansión. Pero eso no es verdad, la felicidad está en levantarse y no tener que hacer nada más que elegir ante una mesa larga-larga llena de cosas ricas. Qué queréis que os diga, tengo la tensión baja y recién levantada esfuerzos los mínimos.


Me metí entre pecho y espalda: un variadito de fruta cortada, una tostada con tomate natural y queso, un zumo, un café con leche y un croissant. Pero en esta vida todo vuelve, hasta las hombreras, y después de 6 horas dando clase, el hambre también vuelve y allá que vamos el profesorado, a buscar restaurantes con menú por la calle Gascona. Una calle muy turística y eso, en Madrid, equivaldría a menús de 15 euros con paella revenía o ensalada mixta de primero y pollo asado o merluza rebozada más postre o café. En Asturias no. Todos los menús eran de menos de 10 euros y casi todos incluían una sopa o crema de entrante, más un primero: fabada o pote o algo de verdura contundente, tipo ensalada campera; un segundo: codillo, filetes de bacalao con jamón y queso, merluza con almejas, escalopines al cabrales. Todo ligerísimo, como veis. Además, incluía postre y café. Y el postre no era ese clásico de menú: un yogur Danone, una pieza de fruta, una bola de helado, ¡qué va! Mousse de fresa, tarta de queso, frixuelos...


Los frixuelos son crepes a la asturiana, es decir, más gordos y más grandes.


...todo casero. Os preguntaréis cómo es posible engullir todo eso. Es fácil: regándolo con sidra.


Y así, amigos esbeltos, es como he dejado de ser una de vosotros. En el próximo post os contaré la otra cosa que he estado haciendo en Asturias, aparte de comer: dar clase. Sí, yo dando clase. Vivir para ver.


El próximo día 5, en el café Angelika, en la Cava Baja, se proyecta "Mañana", allí os espero, tomándome un vaso de agua, que no engorda.