martes, 27 de noviembre de 2018

Yo sé cómo fue la boda de Marta Ortega

Y lo sé porque me invitaron. Marta y yo fuimos muy amigas en una época muy importante de nuestras vidas y como Marta es una persona cercana, muy humana, muy sincera, muy amiga de sus amigos, me invitó a su boda.

Mi amiga es súper sencilla. Mirad ese ramo de flores silvestres, ese pelo peinado/despeinado, ese vestido con bolsillos...

Todo empezó cuando fui dependienta del Bershka, hace unos cuantos años. En mi lista de empleos surrealistas, entre el de profesora de inglés en empresas del polígono industrial de Vallecas y el de vender bisutería made in India a Sara Montiel, estuvo el de doblar camisetas en un Bershka. Música de fondo machacona, clientas pubertosas y luz fluorescente, el entorno ideal. Mis compañeras de turno, todas universitarias, eran una doble licenciada en Lingüística y Lenguas Aplicadas y una futura doctoranda que nunca acababa su tesis sobre la alteración del crecimiento celular por la inhibición de quinona reductasas. Las pausas para fumar un piti en la parte de atrás de la tienda eran charlas sobre el estado de la universidad en España y el poco trabajo que había en el campo de la lingüística. Así que cuando llegó una nueva, una tal Marta, que solo había hecho empresariales, pensé: "una con la que hablar de tontunadas, menos mal". Enseguida hicimos dos grupos, el de las dobles licenciadas hablando de Saussure y el que formábamos Marta y yo hablando de "Prison Break". Luego empecé a sospechar que Marta no era una chica normal y corriente. Llamadme suspicaz, pero entre que se iba tres horas antes de que se acabara su turno porque tenía hípica y que el encargado la llamaba "señorita Ortega" y no "eh, tú"...  Un día, en la pausa del piti, Marta me confesó que era la hija de Amancio Ortega, el dueño de Bershka, Lefties, Massimo Dutti, Oysho, Pull&Bear, Stradivarius, Uterqüe, Zara y Zara Home. Como me lo dijo en riguroso orden alfabético pensé, "ostia, que va a ser verdad".

Marta y yo continuamos en contacto los siguientes años, mientras yo trabajaba en el polígono industrial de Vallecas, ella iba a competiciones de hípica. En mi cumpleaños siempre me felicitaba y me enviaba un regalo, algún jersey de Zara. Que ya podría haberse estirado y regalarme, qué sé  yo, un abrigo de Massimo Dutti, un vestido de noche de Uterqüe... pero nuestra amistad estaba por encima de todo. Por eso sabía que me iba a invitar a su boda.

Total, que ahí estaba yo, en A Coruña, con mi vestido de Zara (en honor al padre de la novia) rodeada de invitados vestidos de Alberta Ferretti, Versace, Botega Venetta... Que me pareció fatal, la verdad, en esa boda hasta las camareras iban más elegantes que yo.


Marta no tiene la culpa de tener amigos guapos y adinerados (Jon Kortajarena, Eugenia Silva, la hija de Bono...). Así que pensé que su boda iba a ser como ella: sencilla, normal. Y la cena consistiría en un pica-pica de croquetas, jamón y canapés de salmón y luego merluza rellena y solomillo con reducción de Pedro Ximénez. Pero no. Un tal Albert Adriá se ocupó de servir tomates con gelatina de su consomé (¿?), mini shitakes en escabeche oriental (¿¿??) y manitas de cerdo a la menta. ¡Manitas de cerdo! ¿Con menta? El club náutico estaba decorado para la ocasión con más flores de las que se usan en el Corpus en Sitges y el encargado, un tal Thierry Boutemy, presentó una minuta de 100.000 euros.

Pero insisto: Marta es muy normal, muy como la gente corriente, por eso su vestido de novia tiene bolsillos, por eso se casa con un señor que lleva moño. Ellos son como tú y como yo. ¿Qué son los millones? Papel. Una abstracción.

Después de la cena llegaron los bailables. Supuse que, con el amor a sus raíces gallegas de Marta en particular, y del clan de los Ortegas en general y la tradición de orquestas que hay en Galicia, veríamos la actuación de Panorama o París de Noia. Pero no. Una vez más, Marta y el chico del moño nos sorprendieron con las actuaciones de Chris Martin (el de Coldplay), Norah Jones y Jamie Cullum, y en lugar de la típica discomóvil, pinchó un dj, un tal Mark Ronson. Vamos, que he estado en ediciones del FIB con peor cartel...

Todo sobrio, sencillo y normal:

Qué hacían estos muchachos, no lo sé muy bien. Solo sé que el primero por la izquierda es la versión joven y delgada de Juan Manuel de Prada y el de en medio la versión joven y mofletuda de Alfredo Urdaci.

Algunos diréis que me he inventado todo esto y que yo no he ido a la boda de mi amiga Marta, que he sacado las fotos del Hola y la información de Google. Y que he resistido la tentación de colgar más fotos del Hola porque era un número flojo. Ah, cómo os equivocáis... nunca hay números flojos en el Hola. No me interesó mucho su sección habitual "qué llevó puesto Letizia esta semana" y menos aún el apartado "qué han hecho los royals ingleses estos días". Pero la sección "ricos enseñando sus casoplones" siempre está a la altura.

Esta vez Carla Rebuelta, emprendedora de familia de ganaderos y madre, sobre todo madre, enseña su cortijo y a su corte de hijos (perdón, el chiste es horrible, lo sé, me estoy fustigando en este momento):

 Ningún trillizo fue lastimado en la producción de este extraordinario reportaje.

Y vosotros, ¿cuál es la boda más apoteósica a la que habéis acudido?, ¿estáis deseando que el dueño de esta casa tan sobria nos la enseñe en el Hola?, ¿habéis cogido alguna vez a tres bebés a la vez sin que aquello haya acabado en tragedia?


8 comentarios:

Sorokin dijo...

Enhorabuena por tener tan brillantes amistades

Uno dijo...

Estaba invitado, por supuesto pero no tuve mas remedio declinar la invitación. Es lo que tenemoss los que hemos estudiado lingüistica: Marta, martae...

Juli Gan dijo...

Halaaaa, con quién te codeas, nana. Yo no tengo nada ni remotamente cercano. Soy más de bodas en el pueblo de la montaña navarra de mis primos, donde muchos de los asistentes venían en vaqueros y camisas de cuadros de esas de franela, todo muy look baserritarra (campesino de la zona). Lo más pijo, las bodas de mis primos de Donostia en el real club de ténis donde mi prima la activista comprometida me decía que para mi boda más croquetas y menos pieles de bacalao fritas cogidas con una minipinza de madera de esas para tender la ropa. Aun está esperando que me case...Bueno y yo que se case ella. Jaaajaja.

Madreconcarné dijo...

Mecachis. Si lo llego a saber, no me quedo en el bando de las intelectuales.

Esti dijo...

Sorokin, Uno, tendríais que haber venido y hubiéramos hecho presión para que Mark Ronson pinchara "Paquito el chocolatero".

Juli, yo estuve una vez en una boda en Donosti y fue muy chic de provincias, con sus sillas forradas con lazo en el respaldo.

Madreconcarné, si es que hablar de Saussure no te abre las puertas de las bodas de alto copete, está claro...

La Gran Biblioteca de David dijo...

Buenas. Gracias por seguir mi blog La gran Biblioteca de David (http://lagranbibliotecadedavid.blogspot.com). Me he pasado por el tuyo para quedarme.
Nos estamos leyendo ^^

el convincente gon dijo...

No sé si lo sabes, pero los coruñeses son algo así como los franceses de Galicia (pero sin prestigio intelectual alguno, solo por la soberbia). Establecido el contexto, diré que eso de celebrar la boda en el club náutico es de lo más coruñés que hay.

Las fotos del "ramillete de bebés" es brutal. Parece que la mujer se ha ido a un campo de bebés, ha abierto los brazos y ha cogido todos los que podía abarcar.

el convincente gon dijo...

(Acabo de releer mi comentario. Concordancia sujeto-predicado ¿para qué?)