martes, 19 de abril de 2016

No me gusta leer


¿Tiene sentido que alguien diga que no le gusta leer, así, en general?, ¿imagináis a alguien diciendo que no le gusta el cine?, ¿a que no? No es posible que no te gusten “las películas”, todas y cada una de ellas… 
 
Y sin embargo, ese “no me gusta leer” se oía mucho en mi clase en el instituto. Ocurría en la época en la que aún existía el BUP y el COU, así que no podéis culpar a la ESO de hacer que los adolescentes odien la lectura. La manía a los libros viene de largo. No tiene que ver ni con la ESO, ni con la LOMCE, ni con los niños de ahora enganchados a sus teléfonos móviles.  Los chavales de antes (por mucho que ahora sean adultos y les guste pensar que en su época todo era mejor) tampoco querían leer. 

¿Y por qué?

Puede ser porque en la casa familiar no se lea habitualmente. Y estar leyendo sentado, concentrado, durante más de diez minutos, sólo se hace por un motivo: porque hay que estudiar. De esa forma se asocia la lectura continuada al estudio, no a la diversión.
También puede ser porque basta que algo sea obligatorio para convertirse en algo poco apetecible. Ya podrían obligarte a leer Crónicas de Dragonlance...

 el Harry Potter de toda una generación

...que por el hecho de ser obligatorio ya le cogías manía.

Pero hay una razón más para que un adolescente odie los libros, todos y cada uno de ellos: que te manden leer auténticos ladrillos. 

No es que las autoridades en educación se reunieran y decidieran martirizar a los adolescentes con “Tiempo de silencio”. Ellos actuaban con buena fe… dijeron: vamos a enseñar a los chavales cuáles han sido las grandes obras que han hecho historia de la literatura, vamos a explicarles qué aportaron al lenguaje y, ya puestos, vamos a hacer que se aprendan la lista de figuras retóricas, esas que tienen nombre de enfermedad grave: asíndeton, pleonasmo, sinécdoque, metonimia, epanadiplosis… A fin de cuentas, los señores de esa generación también fueron escolares y se estudiaron la lista completa de los reyes godos. Esto, en comparación, no era nada. En esa reunión en el ministerio nadie cayó en un pequeño detalle: ¿qué pasa con las ganas de leer?

Alumnos después de una lectura del "Cantar del mío Cid".
Y sin embargo, pese a la lista de figuras retóricas, pese a “Tiempo de silencio”, “La colmena” y la poesía de Rubén Darío… hubo libros que entusiasmaron. Y a toda la clase, también a aquellos a los que “no gustaba leer”. 

Recuerdo las risas cuando leíamos en voz alta “Tres sombreros de copa”, como si aquello fuera una mesa italiana, aunque ninguno de nosotros sabía qué era una mesa italiana. “El árbol de la ciencia”, pese a ser un clásico, pese a tener una de esas ediciones de Cátedra con la letra diminuta, gustó. Y “El señor de las moscas” enganchó a toda la clase, aún a costa de que empezaras a mirar con desconfianza a tus compañeros porque los veías capaces de hacerte la vida imposible en caso de accidente en una isla desierta. Pero en la lista de libros obligatorios que lograron enganchar pese a todo, el que más triunfó fue “Crónica de una muerte anunciada”. 

Quizá el error no está en elegir clásicos en sí, sino en qué tipo de clásicos deben elegirse. No todos los adolescentes son capaces de enfrentarse a un Lazarillo o una Celestina. ¿Cuántos adultos han intentado leerse el Quijote y lo han dejado por imposible? Hasta auténticos expertos en el Quijote creen que es un libro difícil, que necesita una adaptación al lenguaje actual. 

La cuestión es: ¿se trata de aprender historia, teoría de la literatura y listas eternas de figuras retóricas?, ¿o de enraizar el amor por la lectura, y con ella la capacidad de síntesis y análisis? Si se siembra el interés por la lectura, el estudiante tiene toda la vida para enfrentarse a los libros difíciles o a los clásicos del siglo XVI.

¿Y vosotros?, ¿qué libros que os obligaron a leer en el instituto os apasionaron?, ¿cuáles os hicieron decir “a mí es que no me gusta leer”?

martes, 5 de abril de 2016

Por qué (me) gustan las procesiones

--> Los gustos cambian y evolucionan. De cría odiaba las espinacas, me gustaba la coca cola caliente y sin gas y prefería a Luke Skywalker antes que a Han Solo.

Debía estar ciega.

Una de las cosas que siempre he detestado son las procesiones de Semana Santa. Aún tengo pesadillas con aquel viaje a Sevilla que hice de niña junto a mis padres. Multitudes que no te dejaban pasar, esperas de pie durante horas, gente que cantaba saetas y lloraba al paso de algo que ni veías porque tenías doce años y eras más bajita que casi todo el mundo… Como diría el coronel Kurtz: el horror.

Cómo me va a gustar esa cosa tan rancia, tan de las Campos llorando desde un balcón, tan de Fran Rivera con traje... Si algo le gusta a Fran Rivera: ¡huye!, ¡corre! Eso no puede ser bueno. Además, los nombres de las cofradías ya parecen una parodia de sí mismos:

Antigua, Pontificia y Franciscana Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Fundación y Nuestra Señora de los Ángeles

Primitiva e Ilustre Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, "el pobre" y María Santísima del dulce nombre en su soledad.

Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos de la Sagrada Columna y azotes de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima de la Victoria.

Pontificia y Real Hermandad y Archicofradía de Nazarenos del Dulce Nombre de Jesún, Sagrado Descencimiento de Nuestro Señor Jesucristo y Quinta Angustia de María Santísima Nuestra Señora (quinta angustia, para los amigos).

Esto no puede ser bueno, pensaba yo. Y sin embargo... ¿qué tienen?, ¿¡qué?!:

La emoción es contagiosa
Que al paso de la Virgen de la Macarena la gente diga: “¡Macareeeenaaaa!”, y otros contesten: “¡guapa!”, a mí me parece un poco ridículo, para qué engañarnos. Me recuerda a cuando en el colegio íbamos de excursión en el autobús  y nos entreteníamos cantando “¡hola fondo norte!” a los de los asientos delanteros, mientras ellos nos contestaba, “¡hola fondo sur!” a los de los asientos de atrás. Pero cuando ves que el paso se va moviendo poquito a poco y por fin logra enfilar una calle estrechísima y entonces la gente aplaude… eso sí es emocionante. No hace falta compartir las creencias de el de al lado para que su emoción se contagie.

La imaginería católica
Los Cristos sufrientes, las Vírgenes llorando, los dorados, las capas bordadas... es todo muy nueva temporada de Dolce&Gabbana o nuevo video clip de Madonna.  Kitsch y excesivo.

Los costaleros
Yo pensaba que los costaleros eran del estilo de Fran Rivera quien, por cierto, tiene un blog en esa gran revista de humor que es el “Hola” y ahí explicó cómo los señores rancios como él se visten en Semana Santa. Pero los costaleros no son todos como Fran “que voy mú loco con los calcetines de colores” Rivera. Los hay que parecen sacados del casting de “Vikingos”:

           
Si yo fuera Uno la foto sería un poquito más decente, pero mi móvil y yo somos así de chapuceros. 
Muchachos, no os gastéis el dinero yendo al gimnasio, apuntaos a una Cofradía (una de ésas de nombre eterno del principio) y os pondréis así de cuadrados.

Es un buen espectáculo
Siempre decimos que los americanos saber hacer de cualquier cosa un buen espectáculo. Los mitines electorales, el funeral de Michael Jackson… cualquier ocasión sirve para montarla a lo grande. Pues los pasos de Semana Santa son una demostración de que siempre ha habido ganas de espectáculo. Allá por la Edad Media, cuando no había televisión, ni radio…se entretenían con los autos sacramentales, los autos de fe y estos desfiles con música que, en el fondo, es lo que son las procesiones.

Y vosotros, lectores de mis entretelas, ¿sois de procesiones?, ¿las veis con otros ojos ahora que sabéis que hay costaleros con brazos como columnas?, ¿habéis leído el blog de Fran Rivera?